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 Los cuatro increíbles 

de Ricardo Mariño











Acnécodta 
de Luis Pescetti del libro Natacha

– Mamá, ¿cómo se dice: acnédota o anédota?

– Se dice anécdota Nati.

– Acnécdota.

– No: acné… ya me hiciste equivocar.

– Je…

– Anécdota…

– ¿Acnéndota?

– Sin la n Nati…

– ¿Acécdota?

– No, sin la otra n, antes le habí­as puesto una n de más.

– ¿Dónde?

– Por el medio, no me acuerdo.

– Bueno, ¿cómo se dice entonces?

– (silencio que mira el techo) Anécdota…

– An..éc…dota.

– Sí­, muy bien.

– Acnécdota, no, así­ no… an.. no: acnécodta.

– ¿¿Qué??

– Acnécodta…

– ¿A ver? Decilo otra vez.

– Acnécodta, acnécodta, acnécodta…

– ¿Cómo hacés para decir eso? Es más difí­cil que anécdota.

– No mami, así­ es más fácil, mirá: ¡acnécodta!

– No Natacha, decilo bien.

– Yo lo digo así­ mami y listo.

– No es y listo Nati, mirá si cada uno hablara como se le antojara.

– Pero yo no hablo como se le antojara, yo nada más voy a decir así­: acnécodta, porque me sale más fácil.

– Además no es más fácil.

– Para mí­ sí­…

– Bueno, para vos sí­, pero igual tenés que aprender a decirlo bien.

– Mirá les escribo a donde inventaron hablar. ¿Dónde inventaron hablar mami?

– No inventaron en un lugar solo Nati.

– ¿Inventaron en varios lugares al mismo tiempo?

– No sé si al mismo tiempo, pero en distintas partes la gente empezó a entenderse con ruiditos que hací­a con la boca.

– Alguno habrá empezado primero.

– No sé Nati, pero como viví­an muy lejos unos del otro se fueron entendiendo con ruiditos distintos.

– ¿Y por qué no se pusieron de acuerdo y así­ entonces hablarí­amos todos igual porque yo a veces a Pati ni la entiendo?

– Natacha, pero Pati habla el mismo idioma.

– Pero yo a veces no la entiendo, porque habla más rápido y con la boca cerrada.

– Porque es su manera de hablar, pero habla el mismo idioma.

– Igual. ¿Y por qué no se pusieron de acuerdo?

– Porque cada uno estaba acostumbrado a como hablaba, pero hubo algunos que se juntaron con otros y se dieron cuenta que cuando estos decí­an: gra gra, era lo mismo que cuando ellos decí­an: fru fru.

– ¿Qué quiere decir eso?

– Es un ejemplo Nati, no quiere decir nada y entonces en cada tribu o en cada pueblo siguieron hablando el mismo idioma pero tení­an a algunos de éstos que hablaban el suyo y el de los otros y que serví­an para que se entendieran… pero escuchame Nati. ¿Por qué me estás preguntando todo esto?

– Es por una tarea de la escuela mami, habí­a que escribir una poesí­a y decirla mañana.

– ¿Y vos escribiste una?

– Sí­

– ¿A ver? Decí­mela.

– Ahí­ te va mami. ¡Pero no te rí­as, eh!

El viento sopla los barcos
como si fuera un cumpleaños
de un chico porque le gusta hacer acnécodta.

– ¡Esta preciosa Nati! ¿Te puedo preguntar una cosa? ¿Qué quiere decir anécdota para vos?

– ¡Y qué va a querer decir mamá! ¡Es así­ como una cosa, como una travesura o que se portó bien y le dieron un premio pero porque es así­ simpático!

– No Natacha es otra cosa. ¿No querés que busquemos en el diccionario?

– ¡Mami no seas envidiosa! ¡Porque lo que pasa es que vos no escribiste un poema y yo sí­ y me decí­s así­ que me corregí­s porque yo sí­ escribí­ uno y vos no!

– ¿¡Qué no?! ¡Pobre de vos! Ahí­ te va uno:

Sos tan alto que tu cabeza
choca la luna de plata
y desde abajito yo siento
que no te lavás las patas.

– ¡Está buení­simo!

– Se lo hice a tu papi cuando éramos novios.

– Se lo voy a decir a la maestra.

– ¡No Nati! Decile el tuyo que está mejor, ¿sí­? Nada más que aprendé a decir anécdota.

– No, mirá: le escribí­s una carta a los de la tribu que decí­as antes y les ponés que yo digo acnécodta y que quiere decir travieso y listo, ¿no? Así­ ellos también aprenden mi idioma, pobres, sino un dí­a va a venir uno de los de la tribu y me va a querer decir algo y ni va a saber, pobre, ¿no?

– Sí­, pobre.

Extraído de https://www.luispescetti.com/acnecodta/
La voz de adentro 
de Luis Pescetti del libro Natacha




– Mami ¿La voz que tenés adentro de la cabeza se parece a la voz que tenés afuera?la-voz-de-adentro

– … (ay) ¿Cómo?

– Sí, mirá, ¿viste la vocecita de adentro de la cabeza de cuando pensás?

– … sém.

– ¿Es igual o es distinta a la voz que tenés cuando hablás?

– Mm… creo que es igual, no sé, nunca lo había pensado… sí, me parece que es igual ¿Por?

– Porque la que yo tengo a veces se parece a la de Pati, a veces a la tuya y a veces a la mía…

– Es que…

– … pero no se parece tanto a la mía, porque yo grito y hablo rápido y la de adentro habla siempre así, suavecito, y no se apura nunca, siempre igual.

– Pero, Nati, no es que tu voz de adentro sea como la de Pati, es que a veces te acordás de la voz de Pati y es como si la oyeras adentro de tu cabeza.

– Pero es que la oigo diciendo cosas que nunca me dijo Pati.

– Entonces será que te imaginás cosas que Pati podría decir, con su voz, igualita y todo.

– … (mmm).

– …

– Yo una vez me imaginé algo que me decía Pati, pero me salía con la voz de la abuela.

– ¿De veras? Y yo una vez soñé con una zapatilla que me hablaba con la voz de la tía.

– ¡Buenísimo, mami! y yo una vez escuché la voz del tío pero no tenía nadie adentro, era nada más la voz…

– ¡Qué bárbaro, Nati! Y yo una vez escuché una voz que no hablaba ni hacia ningún ruido.

– ¡¿Y cómo sabías que era una voz si no hacía ruido, mami?!

– Porque la miré a los ojos.

– ¿Era una voz o una persona?

– Una voz.

– ¡Las voces no tienen ojos!

– Bueno, yo no le vi los ojos, pero más o menos calculé por dónde tenía la panza.

– ¡¿Le viste la panza?!

– No, la panza, panza, no, escuché el ruido que hacía la panza.

– ¿La panza también hacía un ruido mami?

– Dos ruidos hacía, Nati

– ¿¿¿¿Cómo dos ruidos?????

– Y sí, dos ruidos Nati, pero no se oían.

– ¿Y cómo los oíste si no se podían oír? … ¡Mami, me estás mintiendo!

– Nataaaachaaa ¿Cómo pensás que te voy a mentir? Te estoy contando una cosa.

– ¿¡Y qué te decía la voz, mami!?

– Me hablaba así, Nati, muy bajito, muy muy muy bajito…

– ¿Y qué te decía?

– (susurrando) No hables fuerte, Nati, porque no quiero que la voz me oiga.

– (susurrando) ¿Y qué te decía, mami?

– (susurrando) Natacha se tiene que ir a bañar…

– ¡Mami! ¡Ufa! ¡Era una broma!

– ¡No, Nati! ¡Te lo juro! (susurrando) me decía así, Natacha se tiene que bañar porque está muy sucia…

– ¡No, mami! ¡En serio! ¡Mirá que si mentís te va a crecer la nariz!

– (susurrando) Y mi voz me decía, ¡Uy! ojalá no nos crezca la nariz porque Natacha todavía no se bañó y huele horrible.

– ¡No me quiero bañar!

– …

– … ¿en qué pensás?

– … perfecto; no te bañes

– ¡¡¡¡¿¿¿¿ Por ????!!!

– ¡No quiero que te bañes!

– ¿¿¿¿… !!!! Pero… ¿seguro?

– ¡Natacha! ¡Te prohibo que te bañes!

– …

– …

– … ¡y qué! ¡si yo me quiero bañar, ¿y qué?!

– No te dejo.

– Y yo voy igual.

– Pero yo no te doy permiso, Natacha.

– (corre) ¡¡¡Mamiii!!! ¡¡¡Ya me estoy quitando la ropa!!!

– ¡Natacha! ¡No te bañás!

– (je je je) ¡Mamiii! ¡Abrí el aguaaaaaa!

– ¡Salí de ahí, Natacha!

– (je je je) ¡¡¡Ya me estoy bañaaandooooo!!!

Extraído de https://www.luispescetti.com/la-voz-de-adentro/
¿Qué dijo? 
de Luis Pescetti del libro Natacha



(esta historia debe leerse en voz baja)

—¿Qué dijo, mamá?

—Que por qué no se escondían atrás de un árbol hasta que vieran pasar a los cazadores.

—¿Por qué, mamá?

—Así estaban seguros de que no venían más cazadores.

—¿Por qué?

—Porque ya habían pasado todos Natacha, mirá la película callada.

—… (silencio)

—… (silencio)

—Mami…

—Socorro. ¿Qué pasa ahora?

—¿Y cómo sabían que eran todos los cazadores?

—¿Cuáles Natacha?

—Esos que vos dijiste que se escondían.

—No Natacha, los que se escondían eran el señor Pedro y el zorro.

—¿Por qué?

—¡¿Me querés volver loca?! Para que no los vean los cazadores Natacha.

—Sí ya sé, pero ¿cómo sabían que habían pasado todos?

—No sé Natacha, los habían contado antes, mirá callada.

—¿Mientras escapaban los habían contado?

—Natacha ¿¡No podés ver la película callada!? Nos van a echar del cine…

—…(silencio pensando)

—…(silencio viendo la película)

—Mamá, si contaron los cazadores cuando estaban escapando, capaz que del susto contaron cualquier cosa.

—…(silencio tratando de seguir viendo la película)

—…(silencio pensando)

—…(la mamá da una risita)

—¿De qué te reíste mami?

—De la cara del zorro Natacha, mirá callada querés…

—¿Qué tenía la cara del zorro mami?

—No sé Natacha, era medio así.

—¿Cómo así?

—¡Así Natacha, te la estoy haciendo!

—¡Pero no veo mamá, está todo oscuro!

—¡Bueno, entonces mirá la pantalla, porque ahí está clarito!

—…(silencio que se empieza a aburrir)

—…(silencio que ya se perdió un pedazo y no entiende qué está pasando)

—¡Uy, ahí vienen los cazadores mamá! ¡¿Les van a hacer algo?!

—Los están buscando para matarlos, pero se van a salvar Natacha, no empieces.

—¡No quiero ver mamá!

—¡Natacha no seas escandalosa por favor, quedate quieta, callada, mirá la película tranquila!

—¡Yo me tapo!

—¡Tapate, pero después no me preguntes qué pasó!

—…(silencio tapándose la cara)

—…(silencio contando: uno, dos, tres, cuatro, cinc…)

—¿Qué pasó mamá?

(se agarra la cara con las manos) —Ya sabía, juro que ya sabía.

—Mamáááááá. ¿Qué pasó?

—Natacha nunca más voy con vos al cine.

—¿Qué pasó? decime mamááááá…

—Pasaron los cazadores y no los descubrieron y justo el zorro hizo un ruido y uno de los cazadores se dio vuelta pero tampoco vio nada.

—Esos cazadores son unos tarados.

—¡¡¡¿¿¿Qué???!!!

—Y sí mamá, son unos tarados, les pasaron al lado y ni los vieron.

—¿Y qué importa Natacha? Lo que importa es que Pedro y el zorro se salvaron. ¿No?

—Pedro y el zorro son tarados también.

—…(silencio pensando: socorro)

—…(silencio empezando a buscar algo debajo de la butaca)

—¡Natacha! ¿Qué hacés?

—…se me cayó el caramelo, mami

—¡No lo juntes del suelo Natacha! ¡Qué asco!

—…pero era el último mami ¡Ya lo encontré!

—¡Tirá eso Natacha, por Dios!

—Ufa…

—…(silencio que ya ni se acuerda qué película están viendo)

—…(silencio mirando la película)

—…(silencio que quiere que la película termine cuanto antes)

—Mami, quiero ir al baño.

—Sí, vamos ¡pero al de casa!

—¡No mami! ¡Vos me prometiste que veníamos al cine y ahora te querés ir antes! ¿¡Ves cómo sos!?

Extraído de https://www.luispescetti.com/%C2%BFque-dijo/
El robo  
de Luis Pescetti del libro Natacha





– Mamá ¿dónde está el Rafles?el-robo

– No sé, Natacha, buscálo.

– ¡No, mamá! ¡Se perdió, ayudáme por favor!

– Natacha, estoy terminando un trabajo, buscálo vos.

– ¡Mamá!

– … (adiós concentración).

– ¡Mamá, por favor ayudáme se robaron al Rafles!

– Natacha ¿me querés decir quién se va a querer robar a ese perro?

– ¡Un ladrón mamá! ¿¡quién va a ser!?

– Natacha, ni el más tonto de los ladrones querría robarse al Rafles.

– … (mira por la ventana) ¡Mamá!

– No-gri-tes-Na-ta-cha-por-fa-vor.

– ¡Vi que un coche daba la vuelta a la cuadra! ¡Son los que robaron al Rafles, mami!

– Nadie se llevó a Rafles. Dejáme terminar este trabajo por-fa-vor.

– (snif snif) … a vos te importa más terminar tu trabajo que salvar al Rafles.

– … (se agarra la cabeza).

– ¡¡¡Buuaaaaaaahhhhh!!!

– Bueno, vamos a buscarlo por la casa.

– ¡No, mamá! ¿¡Y si se lo robaron y estamos perdiendo tiempo!? ¡hay que llamar a la policía!

– Natacha, por favor… no hagas escándalo y ayudáme a buscarlo.

– Yo empiezo por la heladera. ¡No, mejor llamo a la policía!

– ¡Ni busques dentro de la heladera ni llames a la policía!

– … (marca en el teléfono)

– ¡Natacha! ¿¡Qué hace este hueso de pollo en el sillón de tu cuarto!?

– ¡Mamá, cuando los ladrones se llevaron al Rafles no le dieron tiempo de ordenar el cuarto!

– ¿Vos dejás que el perro coma en tu sillón?

– Si se porta mal no.

– ¡¿Cómo si se porta mal?! ¡Nunca tiene que comer en el sillón! Está hecho un asco.

– Mamá ¡No sé el número de la policía!

– Por suerte, ayudáme a buscar.

– … (marca) ¿Hola? ¿Pati? ¡¡¡Se robaron al Rafles dame el número de la policía es urgente!!!

– ¡Natacha dejá de alarmar y ayudáme a buscar!

– ¡Bueno, entonces preguntáselo a tu mamá! ¡Pero corré, Pati! ¡¡¡Daleee!!!

– Natacha, acá está el perro durmiendo debajo de tu cama. ¡ … ! ¡Con mi pantalón verde! ¡Lo mato!

– ¿Hola , señora?

– … (corre al teléfono) Dámelo, Natacha, hola ¿Carmen? ¿Qué tal? Sí, disculpá la alarma de desastre mundial… No, el perro está durmiendo debajo la cama ¡con un pantalón mío que adoraba! Sí… bueno, chau, después nos hablamos.

– Mami, ¿viste qué lindo que duerme el Rafles?

– … (silencio).

– Tenemos que comprarle una cunita ¿no, mami?

– … (silencio silencio silencio).

¿Basta? 
de Luis Pescetti del libro Natacha



– Mirá, Pati ¿por qué no hacemos la torta que hoy nos enseñaron en la escuela?
– ¿Tu mamá te deja?
– ¡Claro, nena! Así cuando vuelve del dentista le damos algo para comer, yo primero enciendo el horno.
– No, mejor no.
– Bueno no, no la hagamos en el horno, enciendo acá arriba.
– ¡Nati, el fuego es peligroso!
– ¿¡Y qué querés que la cocinemos en la heladera, nena?! ¡Algo hay que prender!
– Pero cuando ya esté todo listo ¿no?
– Bueno, vos eras mi hija y yo te enseñaba ¿dale?
– Sí.
– Sí ¿qué?
– Sí ¿qué? ¿qué?
– Sí, mamá ¡Pati, yo era tu mamá! Bueno… mirá hija, primero hay que agarrar una fuente así.
– Sí, mamá.
– … como ésta, no, mejor más grande… ¡ésta!
– Ahí hay una más grande.
– Bueno, ésa, y agarramos el paquete de harina y lo abrimos así y lo metemos en la fuente ¿ves hija?
– Sí, mamá.
– … para hacerlo bien habría que poner todo el paquete… o mejor dos, pero nosotros vamos a meter éste nomás.
– Sí, mamá.
– Hija, ponéle agua, por favor.
– Sí, mamá (pone agua con una taza).
– Y entonces hace falta… ¡manteca! que está en la heladera.
– Tomá, mamá (la trae).
– Gracias, hija… y ahora hay que aplastar el paquete bien, para que se mez¡sclúchpt!
– ¡¡¡NATACHA, TARADA ME SALPICASTE TODA!!!
– ¡Y BUENO, CORRÉTE, NENA! ¡No fue queriendo! Sigamos jugando, ponéte este delantal hija.
– Sí, mamá.
– (aplasta con dificultad) ¡Uy, Pati! Esta manteca está más dura…
– Esperá… ya sé, mirá, acá están los fósforos.
– ¡Buenísimo!
– Dame, así encendemos las dos y se va ablandando más rápido.
– Tomá … ¡uy! el agua lo apaga.
– No lo acerques tanto (enciende tres juntos).
– Si no lo acerco no se derrite, tiremos el agua un rato, después le ponemos más.
– ¿Y si mejor le ponemos del agua caliente?
– … hagamos todo.
– … (hija tira agua y harina en la pileta y llena la fuente de agua caliente).
– … (madre sigue ablandando la manteca con fósforos).
– …
– … ¡se está empezando a ablandar!
– ¡Tirálo acá adentropAráNoMESALPIQUESCUIDADONATACHA! Casi me mojás de nuevo.
– Mirá, medio se está ablandando… ¡Agh! ¡qué asco! Tirále más harina encima.
– ¿Para?
– Así no se ve.
– ¿Ya?
– No, más.
– ¿Basta?
– ¡Más, nena! ¿no ves que todavía medio sale ahí? Bueno, sigamos jugando… Mirá hija, ahora hay que revolver bien.
– Sí, mamá.
– ¡Uf! ¡está pesadísimo! ayudáme, Pati.
– ¿Con esta cuchara? (ayuda).
– Creo que ya está… y ahora, hija, se le pone cacao encima para que parezca de chocolate ¿ves?
– Sí, mamá… ponéle mucho, Nati.
– Sí… hay que ponerle todo el paquete creo.
– ¿Y ahora?
– Ya está… se ve bien así tapada ¿no?
– Sí, parece de verdad.
– Es de verdad.
– Pero no está cocinada, Nati.
– Y bueno porque vos no querés que prendamos el horno, pero igual así se cocina, porque el horno es para que se haga más rápido nomás.
– Aaah…
– ¿Entendés hija?
– Sí, mamá … che, Nati ¿la torta es de jugando?
– No, jugamos de mentira, pero la torta es de verdad ¿por?
– Así le damos a tu mamá cuando venga del dentista ¿no?
– ¡¿Vamos a prepararle un café con leche también?!
– ¡Dale! ¡Yo sé hacer uno que me trajeron en un bar una vez que fuimos a Montevideo! ¿querés que le preparemos ese?
– ¡Sí, sí, sí!

Extraído de https://www.luispescetti.com/basta/
Lección 
de Luis Pescetti del libro Natacha



– Mami, ¿me ayudás a repasar la lección?
– A ver, dame, ¿Los cinco sentidos?
– Sí. Ahí va…
– Dale, empezá…
– Sí, ya empiezo…
– …
– … (se arregla el pelo).
– ¿Y?
– Me estoy preparando, mami, esperáte, no seas así.
– ¿Te estás preparando qué, Natacha?
– ¡Me estoy preparando, mami! ¡Pará, que si no no me concentro!
– ¿Y si mejor te concentrás primero y después me llamás?
– Esperá mami, no seas así. Ahí va, Lección los cinco sentidos, página dieciocho…

– ¡¿ … ?! ¡¿Página dieciocho?!
– ¿No dice página dieciocho?
– Sí, pero ¿qué importa? A ver, seguí
. – Esperá que empiezo de nuevo, Los cinco sentidos. Página dieciocho. Los cinco sentidos son cinco. Sus cinco nombres son, la vista, el olfato, el gusto, oír y oler…
– Natacha, pará.
– ¡Ay, mami! ¡Así no vamos a terminar más!
– ¡Detente, animal feroz! como diría tu padre; para empezar dijiste nada más cuatro y después dijiste oler y olfato.
– ¿Es oler y nariz?
– No, Nati, el nombre del sentido es olfato, el órgano es la nariz y con la nariz se huele.
– …
– ¿Entendiste?
– ¿Qué?
– Si entendiste lo que te expliqué.
– Mami, esperá porque estaba pensando una cosa, ¿cómo hacen los peces para oler y que no se les vaya el agua a la garganta?
– Nati, los peces viven en el agua, nadan, respiran, tragan agua, no les molesta.
– … a menos que huelan para afuera ¿no?
– … (uno, dos, tres, cuatro… )
– … y entonces el agua que sacan no se les mete tanto en la garganta.
– Después te lo explico, ahora no te hagas la interesada en la naturaleza y seguí la lección
– Ufa. Ahí va, los cinco sentidos, página dieciocho…
– ¡Y dale! Natacha… ¿me querés explicar para qué decís el número de la página?
– No, lo que pasa es que con las chicas estamos haciendo un concurso de prolijidad…
– ¿¡Qué?!
– Sí, mirá, Claudia, Laura y Tere son las Chicas Coral y Pati y yo somos las Chicas Perla ¿ves?
– ¿Se ponen capa, Nati, o así nomás?
– No, mami, es en serio y antes de entrar al salón nosotras decimos, ¡Viva las Chicas Perla! y ellas gritan lo de ellas pero nosotras entramos primero y ni las oímos y entonces ellas siempre vienen y nos gritan de nuevo, más cerca, pero nosotras hacemos las que no las oímos…
– ¡Ay; pero qué lindas compañeritas!
– … escuchá, mami, y entonces, vieras, ellas se ponen todo así ¿no? y nos siguen hasta los lugares y el otro día nos gritaron tan fuerte que justo pasaba la bigotuda …
– ¿La bigotuda?
– La Directora, mami…
– … (socorro).
– … y justo pasaba la bigotuda por la puerta ¿no? Y las llamó y las hizo ir al frente ¡Y les pegó un reto, mami! ¡Buenísimo!
– ¿¡Cómo buenísimo, Nati!?
– Sí, así, largo y les digo y que esto y lo otro y todo así ¿no? Y con Pati estábamos que nos moríamos de la risa ¿no? Y nos miramos y nos hicimos así con la mano, que cuando hacemos así con la mano quiere decir, ¡Viva las Chicas Perla! Nada más que lo usamos cuando es secreto ¿Ves, mami?
– (socorro) … sí.
– Y entonces nosotras les dijimos que ellas eran unas gritonas y ellas nos dijeron que nosotras éramos peores y Tere me abrió el cuaderno y dijo que yo era más desprolija …
– … bueno, no conozco a Tere, pero…
– … pará, mami, escuchá, y entonces Pati me salió a defender y les dijo que si querían hacíamos un concurso de prolijidad para que vieran que nosotras éramos las más prolijas y ellas dijeron que bueno y ya lo empezamos y la señorita es la jueza que dice.
– ¿Qué dice ella?
– Y, quiénes son más prolijas, si las Chicas Coral o las Chicas Perla, pero medio no quiere porque dice que ya la tenemos harta.
– ¿De veras? no lo puedo creer.
– Bueno, mami, dale tomame la lec… ¡che, mami! ¿¡No querés ser de las Chicas Perla?!
– Nati, esos son juegos de ustedes.
– ¡Dale, mami, somos las mejores, dale…!
– (ay) … bueno.
– ¡Buenísimo! ¡Después la llamo a Pati y le cuento! Ahora dale…
– Dale ¿Qué?
– … y, tenés que decir…
– ¿¡Qué?!
– ¡Viva las Chicas Perla! ¿Ves? Y me empezás a tomar la lección así les ganamos… dale, decime…
– … (ay) … ¿así diciendo o nada más con la mano?
– Como quieras, mami, recién entraste a las Chicas Perla; hasta que te salga bien hacélo así nomás.
– … (socorro haciendo nada más con la mano).

Extraído de https://www.luispescetti.com/leccion-2/
UN PLAN MAESTRO
de Graciela Repún

–Si no levanto las notas, no me dejan salir por un mes –dije el lunes en el recreo.

Juana celebraba su cumpleaños esa tarde. Todo el grado estaba invitado.
Además, el martes, pensábamos ir al cine.

Pero la maestra tomaba los miércoles... ¡Ya no me quedaba
tiempo para estudiar!

–La seño toma a primera hora, ¿no? –preguntó de pronto Carla, que estaba pensando lo mismo que yo. Tenía cara de espanto.

–Sí –le contesté con un hilito de voz.

Sabíamos que la seño era buena. Pero recién se le notaba después de dos horas de clase.

Siempre llegaba al colegio con un malhumor espantoso. En esos momentos, era mejor no ponerse en su camino.

–¡Tengo un plan maestro! –dijo Pablo–. O mejor dicho, un Plan Maestra: ¡Sigámosla!

Lo miré con cara de bobalicona. Siempre lo miro así. Pablo me gusta.

Pero esta vez, Carla, Juana, Ángeles y Ale también lo miraron con la misma cara. Nadie había entendido qué quería hacer.

–Averigüemos si la seño sale enojada de su casa, o si se va
poniendo de mal humor durante el camino.
¡Y hagamos que el miércoles llegue al colegio feliz, así pone
mejores notas!

Era una idea simple, pero GENIAL.

Ese lunes, mientras mis amigos armaban el seguimiento, yo
trataba de aprovechar los recreos para estudiar.

–«En los ríos del Litoral se pesca el patí»... «La llanura es un
terreno plano cubierto de pasto»...
«Las mesetas son secas, hay poca lluvia» –leía yo en voz alta, intentando que se me fijara algo de lo que repetía. Pero el griterío de los chicos jugando a la mancha venenosa no me dejaba concentrar.

Juana y Carla vivían cerca de la casa de la seño. Más de una vez se la habían encontrado en el colectivo.

No les resultó difícil seguirla.

El martes ya sabíamos que: 
1) Nuestra maestra es friolenta y en el colectivo se la pasa
tiritando.

2) Acostumbra a saludar a todo el mundo. Pero muchos no se toman el trabajo de contestarle. Y eso le molesta.

3) Suele traer demasiadas carpetas y siempre se queja de lo
pesadas que son.

4) Detesta comenzar la clase sin que el pizarrón se encuentre perfectamente borrado.

El Plan Maestra era así:

1) Pablo subiría al colectivo cuatro paradas antes. Como es un gordito precioso, se iba a sentar y entibiar el asiento con sus posaderas, hasta que la maestra subiera. Entonces se lo cedería. Así no llegaba muerta de frío.

2) Ángeles suele comer tantas galletitas que ya se hizo  amiga del quiosquero. Le iba a pedir que cuando la maestra pasara a comprar sus pastillas de menta, la saludara con simpatía.

3) Por su parte, Carla le pediría al portero que ese día le sonriera a la seño con más amabilidad que nunca.

4) Ale se cruzaría con la seño apenas entrara para ofrecerle ayuda con las carpetas.

5) Juana y yo llegaríamos a clase antes que nadie. Yo, para
dejarle una manzana y una rosa sobre el escritorio, como un regalo anónimo. Y Juana, para borrar perfectamente el pizarrón. 

Yo seguía intentando repasar en los recreos: «El Aconcagua es la mayor altura de la Cordillera»...
«El tren del Fin del Mundo es impulsado por una antigua
locomotora a vapor»... «Según la altura del calendario, hay plantas que pierden sus hojas»... Pero había tanto bochinche alrededor mío que no escuchaba ni mis pensamientos.

–Es la última vez que intento estudiar en los recreos –me juré.

Y por lo que sucedió después, siempre cumplí mi palabra.
Después del cumpleaños del lunes y la película del martes, llegó el miércoles.

Llovía a cántaros. Pablo, apurado, se olvidó el paraguas en su casa.
Subió al colectivo chorreando agua.
Cuando le cedió el asiento a la maestra, lo había dejado
completamente empapado.
Ella no se dio cuenta y se sentó sin ver. Tiritó tres veces más que lo normal.

La seño fue a comprar sus habituales pastillas de menta tosiendo como nunca.

Se encontró con que el quiosquero se hacía el simpático con otra maestra, a la que había confundido con ella. Tuvo que esperar que la atendiera, y encima, que lo hiciera de mal modo.

Al llegar al colegio, el portero no sólo no contestó su saludo, sino que tampoco le sonrió (El pobre hombre acababa de perder su dentadura postiza y no se animaba a abrir la boca).

Ale le ofreció ayuda con las carpetas, pero se tropezó y las hojas se desparramaron. Algunas cayeron sobre el piso del patio mojado por la lluvia.

La seño entró al aula como un huracán y vio el pizarrón escrito del día anterior (A Juana se le había hecho tarde).

Lo borró rezongando y aprovechó para escribir la lección del día.

Pero cuando vio la manzana y la rosa sobre el escritorio se le dibujó la primera sonrisa de la mañana.

Le duró poco: la manzana tenía un gusano y además, se pinchó con una espina.

Tuvo que ir a lavarse la lastimadura, momento que  aprovechó Juana, que acababa de entrar, para borrar lo que la maestra había escrito.

No puedo explicar la cara que puso la seño cuando vio el pizarrón vacío.

Pero no fue nada comparada con la que puso cuando yo empecé a dar la lección.

–«La llanura es un terreno plano donde se cosechan... vacas» – comencé a recitar nerviosamente–...

«El Aconcagua... no es navegable»... «El tren a carbón está en vías... de extinción»...«En los ríos del litoral se pesca pa´ mí»... «En las mesetas la lluvia es seca, pero se siembra mucho guanaco y llama»...«El calendario es una planta de hoja caduca»...

La cara de la maestra se había vuelto irreconocible. Era una
mueca extraña.
Estaba deformada como la de mis compañeros. La clase entera se doblaba en dos de risa. Cuando pudo hablar de nuevo, la seño me dijo:

–Nunca escuché tantos absurdos juntos. ¡Me alegraste el día! No te voy a poner nota, pero el viernes, a la tercera hora, te tomo de nuevo.

¡La tercera hora! ¡La suerte me sonreía! Pero esas cosas suceden una vez en la vida. Desde ese día, mis amigos y yo usamos los recreos sólo para jugar.

Y cuando es necesario, para ayudar a compañeros en apuros con nuevos planes «Maestros»

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